domingo, 14 de noviembre de 2010

Cuando hay que morir para vivir

Hay veces en las que uno se siente... como decirlo; hay muchas palabras, pero creo que ninguna le da el matiz deseado. Sería una mezcla de melancólico, triste, enfadado... Como aquellas veces en las que te sientes como una mierda, mientras miras, con los ojos vidriosos, una esquina de la pantalla y piensas en todos los errores que has cometido; llegando a la conclusión de que tu vida da verdadero asco y que darías cualquier cosa por estar en el pellejo de otra persona. Suele ocurrir cuando escuchas cierta canción que te recuerda aquello que no hiciste o que hiciste y salio fatal; el resto viene solo.
Una vez he introducido la situación procedo a explicar el caso. A veces en uno de esos momentos ya descritos, pasa algo. Es, ¿cómo decirlo? algo así como descubrir que en realidad toda tu mierda no existe, a nadie le importa, ni siquiera a ti. Entonces puedes sentirte mejor que nunca. Por un instante te serenas y te sientes poderoso, no sobre los demás; sino sobre ti mismo; sientes que puedes controlarte y de hecho lo haces.
Afortunadamente para los simples mortales pronto ese sentimiento desaparece, sea por que la canción sigue sonando; sea porque la mínima interrupción nos hace perder la concentración y el equilibrio en nuestra mente; da igual la vida pronto vuelve a ser hermosamente desgarradora y retorna el control que los demás ejercen sobre nosotros involuntariamente. Y duele volver.
Es como un pájaro intentando romper un cascarón, para salir del huevo; lo que pasa es que nosotros somos, a la vez, el pájaro y el cascaron. En palabras de Herman Hesse:

"Los sentimientos primitivos, hasta los más salvajes, no estaban dirigidos al enemigo; su acción sangrienta era sólo reflejo del interior, del alma dividida, que necesitaba desfogarse, matar, aniquilar y morir para poder nacer. Un pájaro gigantesco luchaba por salir del cascarón; el cascarón era el mundo y el mundo tenía que caer hecho pedazos."

Sólo que ahora, no tenemos enemigos con los que luchar a muerte, salvo nosotros mismos, somos el principio y el fin de nuestros ataques. Estoy seguro que cuando consigamos romper el cascarón, romper nuestro viejo yo, primitivo, inseguro, cobarde y protector llegaremos a algo nuevo, algo nunca visto, algo asombroso.
Pero mientras tanto luchamos contra nuestro cascaron particular, rompiéndolo (rompiéndonos) para poder sacar algo nuevo y mas autentico.

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