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jueves, 20 de marzo de 2014

Las chicas Ghibli



Las cuestiones de igualdad de género han ido adquiriendo una importancia creciente desde hace años. Conceptos como el techo de cristal, la discriminación positiva, la conciliación de la vida laboral y familiar son hoy conocidos para muchos y muy discutidos en redes sociales. Lo cual muestra que el tema interesa, aunque muchos debates acaben sumidos en el cuñaísmo y empantanados. No voy aquí a hacer un manifiesto sobre estas cuestiones, que son más bien prácticas. Además tampoco soy  un experto en materia de diseño institucional, mejor dejemos hablar a los expertos en ese tipo de cosas.

Yo hoy quiero hablar de cine. No sé muy bien como comienza esta historia, pero seguramente algún comentario o tuit movió algún engranaje en mi cerebro y comencé a plantearme en de forma comparativa el papel de los personajes femeninos en las películas de acción real y en las de animación (concretamente el anime). 

viernes, 22 de junio de 2012

Aquellos Dibujos


Muchas veces en las conversaciones con amigos y conocidos suele ocurrir un hecho curioso, y es que, a veces según avanza la conversación, vamos retrocediendo en el tiempo. Me refiero a que empezamos hablando de los recortes, la inversión en I+D o algún video chorra de youtube y acabamos no sé como contando las más tiernas (o graciosas) anécdotas de nuestra infancia. Y hay un tema que es recurrente en nosotros (los hijos de la tele, en mayor o menor medida), y son los dibujos animados.


Yo muchas veces critico eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor (en la línea de  Midnight in Paris, de Woody Allen); pero hay algo que me fuerza hacer una excepción en cuanto a la animación televisiva para los niños. Ahora mismo los niños tienen a su disposición el Disney Channel, Clan TV y algunos espacios en vacaciones o los fines de semana por la mañana en Antena 3 (si no recuerdo mal) y algunos canales más si tienen TV por cable. Tengo una hermana pequeña, o sea que de vez en cuando veo o he visto lo que echan en esos canales y tenía un ligero presentimiento de que algo iba terriblemente mal, que algo no encajaba. Para cerciorarme decidí mirar la programación infantil de los susodichos canales. Cada lento giro de la ruleta del ratón me provocaba escalofríos, confirmando cada vez más lo que había intuido… ¡no hay nada que pueda considerarse cultural o divulgativo! 

Supongo que os preguntareis que a cuento de qué viene tanta indignación, total sólo son dibujos animados. Bueno pues os diré que bastante gente (yo, por ejemplo) se comenzó a interesar por la ciencia a raíz de ver aquellas míticas producciones: “Érase una vez…” en las que podías sumergirte en la historia de la humanidad y de la ciencia, además de aprender cómo funcionaba en cuerpo humano. Presentaba de un modo tremendamente comprensible cosas como la evolución, los anticuerpos, el número pi… Ahora solo la encontramos en los coleccionables de los kioscos y a veces ni eso.


Pero había mucho más. Por ejemplo aquella serie española que tuvo éxito durante bastante tiempo, “Las tres mellizas”, en ella te presentaban obras y personajes esenciales de la cultura, como Mozart, Romeo y Julieta, Leonardo da Vinci, etc. Tenía un planteamiento muy original y seguro que muchos de nosotros aprendimos bastante con ella o nos indujo quizás a leer los libros, o conocer las historias originales.
Había otra serie creada como conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América por Colón, que se llamaba “Las mil y una Américas” en las que un chaval y su perro eran transportados en el tiempo para visitar las diferentes culturas de todo el continente americano, desde los indios Clovix, hasta la cultura Nazca, pasando por Mochicas y tribus del Amazonas. Por cierto, me encantaba su opening y que no sea una serie muy “occidentalocéntrica”. Sin duda, esta serie hizo que me interesase enormemente por la antropología y la arqueología (si miran los creditos veran colaboraciones del CSIC y asesores antropólogos de la UCM).


Y cómo olvidar aquellas que estaban basadas en novelas (con mayor o menor fidelidad) y que nos abrieron la puerta a desear leer los libros de los que hablaban. Como aquellas míticas series basadas en “La vuelta al mundo en 80 días”, “Viaje al centro de la Tierra” y “20.000 leguas de viaje submarino”, que aunque estaban todas protagonizadas por Willy Fog, nos introducían al mundo de viajes e inventos increíbles de Julio Verne. O también la serie de dibujos animados sobre Sandokán, que a mí me impulsó a leer ese y otros libros de Emilio Salgari.


Por no hablar de muchas series más me dejo en el tintero.
Y aunque en aquella época también había muchas otras series que no tenían mucho que ver con la cultura (y que recordamos con igual ternura, pues claro, son las de nuestra infancia), estos dibujos animados “educativos” recuerdo que se emitían con relativa frecuencia en la 2 o en la 1 de TVE por ejemplo.
Y sin embargo actualmente parece que no hay ninguna serie infantil que esté a la altura. Es algo que para mí es triste. Ahora lo que triunfa parece ser el entretenimiento vacío. 

 

En serio, a veces pone mi hermana el Disney Channel y veo esas series protagonizadas por pre-adolescentes y no aportan nada de nada. En todo el espectro de emisión de programas infantiles no he visto ahora que haya nada que tenga el más mínimo interés cultural. Y no es que quiera ahora imponer mis series favoritas, o que esté en contra de los dibujos actuales, pero me parece que a la televisión infantil/juvenil le falta algo. 


Por ejemplo, ¿por qué no hacer una versión revisada y actualizada de “erase una vez…”? ¿Y una serie sobre los principales artistas de la historia y sus obras, al estilo “erase una vez los inventores”? ¿O sobre las diferentes culturas de África o Asia? ¿Qué me dicen de una historia de la vida en la Tierra? O yo que sé, la cultura y la ciencia son ámbitos apasionantes, se podrían hacer series de miles de cosas. Pero supongo que es más sencillo contratar a algún guionista de comedias baratas y a cuatro chavales con unos decorados de pena; que a un equipo de dibujantes, pedagogos y asesores expertos en la materia.
Esto que escribo quiero que sea también una llamada de auxilio. Por favor, cadenas de televisión infantiles o productoras ¿podrían financiar alguna serie con algún contenido cultural mínimo? Ya sé que el humor y el entretenimiento vacío venden mucho. Pero al final vamos a acabar con una generación cuyo referente será ser ídolo del pop juvenil, hacer el indio en un hotel/crucero, comprarse un Mac falso con logo de pera y vivir haciendo hamburguesas bajo el mar. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Héroe


Hace algún tiempo vivió un personaje sin duda peculiar. Por comodidad y respeto a su identidad le llamaremos señor S. Peculiar, porque poseía dos inmensos poderes que se complementaban. El primero y más extraño era su increíble capacidad para prever y prevenir accidentes de tráfico. Suena extraño, pero en su presencia los choques, atropellos o colisiones no ocurrían. Por ejemplo era posible que en un momento determinado un coche estuviese moviéndose a gran velocidad y a escasos metros de un peatón, en rumbo de colisión, pero si nuestro amigo estaba presente ocurrían cosas inexplicables para la física clásica: el coche podía detenerse en seco justo antes de atropellar a peatón o bien el propio viandante era empujado fuera de la trayectoria del coche sin que nadie le tocase. Su segundo don es más bien convencional, la ubiquidad: el señor S podía personarse en cualquier lugar del mundo en cualquier momento con un poco de concentración.

Cuando era joven todo el mundo atribuía estos poderes a la casualidad, pero pronto la evidencia fue tan abrumadora que ni siquiera los más acérrimos defensores de la física convencional pudieron negar la evidencia de sus poderes. Pronto el señor S comenzó a utilizar sus dones para salvar innumerables vidas. Fue tal su esfuerzo que en pocos días la reducción en las tasas de accidentes de tráfico locales era patente. Y como podía moverse alrededor del globo, todo el mundo comenzó a disfrutar de sus altruistas servicios. En pocos meses dominó totalmente sus poderes: cada vez sentía más claramente donde iba a tener lugar el siguiente accidente de tráfico y el tiempo que necesitaba para teleportarse era cada vez menor. Llegó eventualmente un momento en el que el número de accidentes de tráfico cayó a cero, en todo el mundo.

Fue un momento feliz. Los conductores iban tan tranquilos como siempre, pero con la seguridad de que nunca les pasaría nada. En miles de ciudades se levantaron estatuas en honor al señor S, reconociendo su extraordinaria labor, aunque con un número de coches cada vez mayor se le veía poco. De hecho si uno tenía suerte apenas podía verle un par de segundos antes de que se teleportase a otra ubicación para salvar otra vida.

Pasaron varios años sin que la situación cambiase y la gente empezó a dar al señor S por supuesto, como algo inamovible; una especie de ley de la naturaleza. Miles de conferencias fueron impartidas por prestigiosos físicos tratando de elucidar el misterio, cientos de aparatos colocados para medir campos y fuerzas en lugares donde ocurrían los accidentes. Los científicos ya casi se habían dado por vencidos. Intentaron que el señor S dejara su oficio por un tiempo, a fin de examinarle; pero ningún gobierno u organización les apoyó sabiendo que les inculparían directamente de cualquier muerte por accidentes de tráfico  que se produjese en ese tiempo. 

Pasados más de 10 años desde el inicio de esta etapa dorada, el señor S anunció que iba a aparecer por primera vez en televisión, para dar un comunicado. Miles de periodistas solicitaron cubrir el evento, cadenas de todo el mundo pagaron sumas astronómicas por tenerle en pantalla. La expectación era máxima, ¿habría decidido desvelar el origen de sus poderes, o como actuaban? ¿Quizás anunciaba que se casaba? ¿O querría unas vacaciones pagadas por el estado? Los rumores volaban. Las revistas de cotilleos rastrearon cada centímetro cuadrado en busca de la supuesta novia del héroe; los periódicos serios analizaron las consecuencias de unas vacaciones del señor S y las declaraciones de tal o cual político sobre el tema, mientras las revistas científicas se apresuraban a publicar las últimas investigaciones con respecto a sus poderes. 

Cuando apareció en las pantallas de todo el mundo, nadie pudo reconocerlo. No se parecía en nada al joven muchacho que reflejaban las estatuas de bronce de los parques y plazas o a las fotografías de los libros de historia. Su piel era grisácea, arrugada y retraída, tal que se le veían los dientes aunque cerrase la boca. Bajo sus ojos le colgaban unas manchas de color berenjena fruto del inmenso cansancio. Las orejas estaban flácidas y su cabellera había quedado reducida a cuatro pelajos mal puestos y muchas manchas oscuras adornando su amplia calva. Su cuerpo entero estaba esquelético, podías contarle las costillas sin equivocarte por encima de la camiseta, arrugada y enmohecida; más que un héroe parecía un anciano recién salido de un campo de concentración o de una hambruna africana. Comenzó a hablar con voz temblorosa y rasposa, casi como si de una vieja y dura esponja parlante se tratara. Comunicó brevemente que no iba a seguir con su labor, que ya no tenía fuerzas para ello y que lo lamentaba mucho. Tras este breve comunicado, el señor S se personó en su casa, que hacía años no pisaba, y se cayó en su polvorienta cama, dispuesto a dormir por todos los años de servicio en los que no había podido hacerlo.

Aparentemente no cambió nada. Los conductores se dijeron a sí mismos: “Está bien, solo necesito tener un poco más de precaución”, mientras los peatones pensaban “No pasa nada, miraré antes de cruzar e iré con cuidado y no me pasará nada”. Los políticos trataron de mantener la calma anunciando reformas en los códigos de circulación que evitarían cualquier accidente. Pero ya mientras el discurso del señor S era emitido ocurría el primer accidente de tráfico en años, en una carretera suiza, y cundió el pánico. El sol de la seguridad vial absoluta se había puesto. Una semana después ya había más de diez mil muertos en accidentes de tráfico.

Las televisiones volvían a emitir esas imágenes de décadas atrás en las que se veían restos humeantes de coches con cadáveres entre sus hierros, como macabros pájaros granates en sus jaulas, y de manchas de sangre bañando el asfalto de las carreteras, y una vez más comenzaron a verse las caras rojas y llorosas de los familiares de las víctimas. Los reporteros cubrían estos episodios como si de una guerra se tratase y así reaccionaba el público. Nadie sabía quién iba a ser el siguiente, cada viaje era una oportunidad de ganar la macabra lotería de la insensatez humana y la casualidad.

No pasó mucho tiempo antes de que fuera hallado el cadáver del señor S brutalmente asesinado en su casa, en la cama de la que no se había levantado desde que dejase su vocación. Los autores, familiares de víctimas de los nuevos accidentes de tráfico fueron rápidamente exonerados por su estado de shock mental. Las estatuas en su honor fueron fundidas o destruidas en ataques de furia popular, ninguna quedó en pie.

Incluso cuando tras unos meses los conductores recuperaron su antigua prudencia y las tasas de accidentes volvieron a niveles de antes de la aparición del señor S, la actitud era diferente, el peligro era presente. Las madres se despedían de sus hijos, las mujeres de sus maridos y las novias de sus novios, como si no se fueran a ver nunca más; rememorando antiguas escenas en las que se ve partir un convoy de soldados de una ciudad, con sus seres queridos sumidos en la ignorancia sobre la respuesta a una sencilla pregunta “¿le/la volveré a ver?”. Muchas personas no aguantaron el stress o el shock y los gastos sanitarios aumentaron enormemente por el incremento de consultas a psicólogos, lo que estuvo cerca de colapsar los sistemas sanitarios de algunos países y provocó el aumento de beneficios de empresas farmacéuticas dedicadas a producir tranquilizantes a escala industrial, pero no bastaron para perder la angustia por el derrumbe de un mundo, antaño seguro.

Pronto la gente comenzó a movilizarse. En muchos países se promovieron leyes que prohibían expresamente la entrada de niños en automóviles. Las ventas de coches cayeron. La demanda de transportes públicos fue tal, que se emprendieron enormes obras para multiplicar la capacidad de los sistemas de ferrocarril, tranvía o metro; además de extender la red de transportes a todos los rincones a los que antes se podía acceder en coche. Casi todas las empresas automovilísticas quebraron, excepto aquellas que trabajaban en la construcción y diseño de transportes colectivos, cada día más seguros. Pronto se implementaron las vías de taxi-buses robotizados o automóviles de alquiler público, robotizados, guiados por radar y GPS; tan infalibles como antaño lo fue el señor S en evitar accidentes de tráfico. 

Pasado un tiempo los accidentes de tráfico mundiales volvieron a caer a casi cero. Se había abierto otra época dorada, esta vez, de una duración más prolongada.

Un día en una ciudad apartada se erigió una nueva estatua al señor S. Esta vez le mostraba tal y como se le vio por última vez. En la placa rezaba “Él nos enseñó a valorar la vida humana por encima de la cotidianeidad de la muerte”.

Espero que os haya gustado.
Gracias.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Agradecimiento a los dioses hombres


A veces te topas con seres humanos
Personas, más concretamente,
A las que no puedes acercar tus manos
Porque son fuego permanente.

Al sentarte a sus enormes pies
Te has de limitar
A hacia arriba mirar
Con tu boca sonríes
Esperando ser correspondido
Mientras mal disimulas el miedo escondido.

Son como el mar
Fuerza de la naturaleza
A la que solo puedes mirar,
No tienes la entereza
Para poder navegar.


Colosos de fuego ardiente
Avanzando por la llanura
Te abrasa el aire caliente
Profunda mordedura
Y se pregunta tu mente
Si no serás aplastado.
Deconstruido.
Despedazado.
Herido.
A su paso.

No es amor.
No es odio.
No es respeto.
No es miedo.
Es todo eso y nada a la vez.
Todo Harry Haller tiene su Armanda.
Todo hombre tiene su dios.
Aunque si ves
En los hombres, dioses
Un precio pagas
Pues la correspondencia
Pueden ser dagas
Pueden escupir en tus altares de inocencia
Reírse de tus sacrificios de llagas
Quemar tus templos de obediencia
Y dejarte como la tierra tras las plagas.
Pero no ocultemos también
Lo fantástico que puede ser
Ver en los hombres tu sostén
No son estatuas a las que aborrecer.


Puedes sentir su presencia
Su risa, como un torrente de agua clara
Su llanto, como un rayo de demencia
Su mirada, una belleza que te es cara
Su aliento golpeando tu nuca
Revitalizando tu savia caduca.

No es sino que estás agradecido
De poder haberos conocido

Aún cuando todavía no habías aprendido a andar
Siempre habías echado de menos bailar.


En agradecimiento a esas pocas personas que están en mis pedestales
y de las que siempre tengo algo que aprender,
para vosotros es este post, el número 50

sábado, 1 de octubre de 2011

Las carreras de ciencias... ¡Vaya timo!

Todavía recuerdo el gran temor que supuso para mis padres que declarase, allá por tercero de la ESO, que yo quería estudiar arqueología (o paleontología en su defecto). Tras mucha insistencia acabaron convenciéndome de que hiciera “ciencias”. Uno de los argumentos que se repetía hasta la saciedad era el del empleo: “Con una carrera de letras sólo vas a poder trabajar de profesor”, “No vas a encontrar nunca trabajo con las letras”.  Así que yo, al igual que mucha gente que he conocido, fuimos convencidos de que las ciencias experimentales nos llevarían a un trabajo estable, bien remunerado y con el que serviríamos a la humanidad: el país de la gominola, vamos.
Pero ya a finales de bachillerato se empezaban a oír truenos de tormenta en la lejanía, avisando de que no todo era de color rosa, pero era tarde para virar el barco. Y una vez llegas la universidad empiezas a enterarte de que hay científicos en el paro, que las investigaciones las manda quien paga y que no vas a ver un sueldo decente hasta que tengas calva y canas. Papá, mamá, os equivocasteis, ¡tendríais que haberme metido a especulador!

Parece que en este país hay que no tener un duro para ser popular (a excepción de los deportistas). Según un informe de Metroscopía los científicos somos el colectivo profesional mejor valorado (página 9 http://bit.ly/p4x6zQ ) y sin embargo uno de los países que menos invierte en I+D del mundo occidental. Este es un problema que a España le viene de antiguo. Ya en 1906 hubo científicos (a nivel internacional) que se extrañaron cuando un español, Ramón y Cajal, compartió el premio Nobel. Y dentro de la propia España, Miguel de Unamuno dejó muy claro el sentimiento nacional con su famoso “¡Qué inventen ellos!”. Y así nos va. No tengo las cifras pero, me da la impresión de que España es un gran exportador de cerebros, para consternación de la gente que ve como toda la inversión en educación realizada por el Estado se marcha a Alemania, Francia, U.K. o U.S.A. entre otros.

Mi profesor de técnicas instrumentales avanzadas sugirió que alguien escribiese un artículo relacionado con la educación en ciencias y en ese instante recordé algo que dijo sobre las exposiciones de ciencia para niños, que les extienden cheques de ilusiones que luego no se pueden cobrar*.

Yo desde mi humilde posición de estudiante de biotecnología digo que me parece injusto, los científicos (o al menos yo creo que la inmensa mayoría) trabajan por amor al conocimiento y al progreso de la humanidad (o de lo contrario se habrían metido a económicas o derecho) y les pagamos con la ridiculización en nuestra cultura popular, un sueldo mísero y limitaciones en los campos de investigación; y encima deben estar agradecidos por ello al Estado. No digo que debamos darles sueldos de ejecutivo ni “ferraris”, con un trato justo bastaría.


Y ahora se me lanzarán al cuello todos esos “realistas” que insisten en que nada puede cambiar, que seguirán siempre mandando los mismos y llevándose la parte grande del pastel mientras el resto nos conformamos con las migajas (y los científicos con las migajas de las migajas). Puede que tengan razón, pero entonces me los imagino en el siglo XVIII diciendo que la esclavitud es imposible de abolir, que los negros nunca tendrán derechos ni nada por el estilo. O en el siglo X diciendo que los siervos pertenecen a su señor feudal y que así será per secula seculorum.

Bueno, parece que (inevitablemente) he acabado hablando de utopías, que le vamos a hacer.

Recapitulando, cómo vemos la educación en ciencias. Pues los estudiantes la vemos jodida (por si no había quedado claro), porque ya (prácticamente todos) hemos asumido que de nuestra promoción sólo va a trabajar en investigación el primero (y como mucho el segundo también). No es que piense que no hay que reconocer los méritos del que más capacidades y horas de trabajo le echa, pero también hay que asumir que no todos pueden ser el número uno, aunque lo intentasen con todas sus fuerzas. Creo que el umbral es demasiado alto. Y ¿quién tiene la culpa? La poca demanda, ya que hay poco dinero y energías invertidos en investigación. Todo nos lleva a lo mismo.

Este pesimismo queda patente cuando bromeamos (medio en serio) sobre lo inútil que será saber manejar un espectrofotómetro a la hora de trabajar en un establecimiento de comida basura.

*Con respecto a las exposiciones de ciencia para niños, después de pensarlo, creo que el problema no es que les den alas, sino que luego tengan que cortárselas para regalarlas a otra mucha gente que hace menos por la humanidad, cobrando más.

Gracias.



Career in science ... what a scam!

I still remember the great fear which represented for my parents that I declared, back in secondary, I wanted to study archeology (or paleontology in the absence of it). After much prodding I became convinced to do "science." One of the arguments which they repeated over and over again was that of employment: "In a career of letters you are only going to be working as a teacher “,” You will not find ever work with the letters”. So I, like many other people I've met, was convinced that experimental science would lead me to a stable job, well paid and which would serve humanity: wonderland.
But it was the end of high school and we were starting to hear thunder storm in the distance, warning us that all was not pink, but it was too late to turn the boat. And once you reach college you start learning that there are scientists out of work, investigations are commanded by the payer and you will not see a decent salary until you are bald and gray. Dad, Mom, you were wrong; you would have to put me to speculate!
It seems that in this country you should be poor for be popular (except athletes). According to a report Metroscopia scientists are the professional group most valued (page 9 http://bit.ly/p4x6zQ) but one of the countries that invests less in R & D in the Western world. This is an old problem for Spain. By 1906 there were scientists (international) who were surprised when a Spanish, Ramón y Cajal, shared the Nobel Prize. And within Spain itself, Miguel de Unamuno made it very clear national feeling with his famous "Let them invent!" (referred to the other countries). And so it goes. I have no figures but it seems to me that Spain is a major exporter of brains, to the dismay of the people he sees as the entire investment in education made by the State goes to Germany, France, UK or U.S.A. among others.

+What do you feel, being one of the top researchers of this country?
-I'm hungry

My teacher of advanced instrumental techniques suggested that someone write an article about science education, and in that moment I remembered something he said about science exhibitions for children that extend to them illusions checks that cannot be charged *.

From my humble position as a student of biotechnology say that it seems unfair, scientists (or at least I think that the vast majority) work for the love of knowledge and human progress (or otherwise would have gone to economic or right) and we pay them with ridicule in our popular culture, a meager salary and limitations in the research fields, and above this they should be grateful for the state. I'm not saying we should give them executive salaries or "ferraris", a fair treatment is enough.

Biologist researcher


And now my neck will be launched by all the "realists" who insist in saying that nothing can change, that the rulers will never fall, and they will own the big part of the pie while the rest of us settle for the crumbs (and scientists for the crumbs of crumbs). They may be right, but then I imagine them in the eighteenth century saying slavery is impossible to abolish, blacks will never have any rights or anything like that. Or in the tenth century saying that the servants belong to his feudal lord and that it will be per secula seculorum.

Well, it seems that (inevitably) I ended up talking about utopias, no choice.

Summing up, how we see science education. For students we see it screwed (if it had not become clear), because (almost all) we have assumed that of our promotion is only going to work on research the first one (and as much the second as well). It is not that I think that we should not acknowledge the merits of that more skills and hours of work he made, but we must also assume that not everyone can be number one, although they tried with all his might. I think the threshold is too high. And, whose fault is it? The low demand, because there is little money and energy invested in research. Everything leads us to the same.

-Interesting curriculum, but how do you see yourselve in 5 years?
*Nobel award
*Bad Ph.D.
+Welcome to chilis, do you want me to reed the entrees?
+The most I think about it, the most it gets worst
-It's normal in the industry


This pessimism is evident when we joke (half seriously) about the futility of know how a spectrophotometer works if we are going to work in a junk food establishment.



"Get rich cost me what is yours"

* About children's science exhibition, on reflection, I think the problem is not to give them wings, but to cut it to give to another people who do much less for humanity, claiming more.

Thanks.